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Tema: Ángeles castrados

Aunque Stendhal pensaba más en mujeres que en raquetas cuando escribió que con las pasiones uno no se aburre jamás y que sin ellas, en cambio, se idiotiza, bien podría aplicarse hoy su cita al juego de Rafael Nadal en este otoño tan desapacible. El balear, eliminado ya del Masters, cierra el curso ATP con un balance de 67 victorias por 15 derrotas, tres trofeos, todos sobre tierra batida, el último en Roland Garros hace casi medio año. Por primera vez desde 2004, desde que Nadal es Nadal, acabará la temporada sin un sólo título sobre pista dura.

Me están fallando cosas que siempre había tenido, como la explosividad y el ímpetu que provocaban agobio en los rivales", valoró el número dos del mundo tras perder ante Tsonga. Otra remontada frustrada. En la epopeya de Rafael Nadal, el tenista irreductible, insumiso, capaz de derribar molinos de viento a raquetazos, los últimos versos hablan de un héroe cansado, sin esa cualidad que actúa como combustible del alma. "Desde el US Open, he sentido menos pasión por el juego, probablemente por encontrarme más cansado de lo habitual", confirmó antes de viajar a Sevilla, donde liderará al equipo de Copa Davis que entre el 2 y el 4 de diciembre se medirá a Argentina en la final, la quinta Ensaladera en el horizonte.

"Ha sido un año duro para mí", continuó Nadal. "Positivo en algunos momentos, pero muy duro en otros. La verdad es que no tenía grandes expectativas para este campeonato, porque sabía en qué condiciones llegaba. Es normal lo que ha pasado". Lo que no es normal, o al menos habitual en su trayectoria, es perder siete finales, seis ante el mismo jugador -Djokovic-, que hasta entonces no había podido con él en ninguna. Entre 2004 y 2010, Nadal había entregado un total de 13 partidos por el título, menos del doble de los concedidos en 2011.

Nadal lleva tiempo avisando. Siete años entre los dos primeros del 'ranking' al final del curso suponen un desgaste exagerado, "como si llevara 100 años jugando"; más aún para él, que con músculo, neuronas y fe reduce la distancia técnica que le separa del resto del reparto, con Djokovic, Federer y Murray a la cabeza. Nadal superó las crisis de 2006 y 2009. La diferencia hoy la establece un bajón mental que guarda más relación con un rival -Djokovic- que con un problema físico.

Nadal entra de nuevo en un periodo en el que debe encontrar soluciones, y no sólo contra Djokovic. Entre su equipo analizarán las causas de este retroceso en la pista, de esa ausencia de confianza que devuelve la versión más primitiva de un tenista de trinchera, agazapado tras la línea, el revés camuflado y el servicio con limitador de velocidad; su derecha parabólica de corto alcance, sin profundidad para hacer retroceder a las líneas enemigas. Incluso su grito de guerra suena como disparado con silenciador. Y todo porque, de repente, Nadal no confía en él, duda no se atreve a buscar el saque con el que ganó el US Open en 2010, a golpear más plano, a girar su empuñadura esos milímetros que le permiten transformarse de un simple especialista en tierra batida en un todoterreno; a dar un paso al frente y tomar la iniciativa.

Al contrario que Borg, al que el empacho le llegó también a los 25 y tras claudicar ante McEnroe en las finales de Wimbledon y el US Open, Nadal no lo mandará todo a paseo ni se subirá a un yate con el que recorrerá el mediterráneo mientras dilapida su fortuna. Nadal disputará la final de la Copa Davis y regresará a Manacor. "Sobre las vacaciones, mejor no pensar en ellas, porque no va a haber", aseguró. "Aunque tampoco las necesito, lo que necesito es trabajar, y eso es lo que voy a hacer".

Desmotivación pasajera, sentimiento que sólo se revertirá con triunfos, pues para ganar y no para perder fueron programados estos prodigios de la raqueta. Nadal, Djokovic, Federer, Murray... todos ellos han sufrido desengaños, todos han sentido alguna vez apagarse la pasión, eso que Hermann Hesse entendió como un animal que habita dentro de nosotros y cuya ausencia nos convierte en ángeles castrados.

Ferrer, pasión encendida

El animal interno de David Ferrer crece en Londres hasta abrirle el pecho. Dos triunfos ante Murray y Djokovic, aunque mermados ambos, hinchan a cualquiera, más aún tras firmar, según ha dicho, el ejercicio más regular de su carrera. Tan bien le va la vida en su tercer Masters que hoy afronta sin agobios, ante Tomas Berdych (21.00 horas, en vivo y Teledeporte), el último encuentro de la fase de grupos. Ya clasificado, el duelo presenta el aliciente de saber si lo hará como primero o como segundo de grupo. De obtener la primera plaza, algo que logrará seguro si derrota al checo, a quien domina por 5-2 en los cruces personales, entre ellos los cuatro últimos, dos sobre arcilla y dos sobre pista dura -este año aún no han cruzado sus raquetas-, se medirá en las semifinales a Tsonga. De clasificarse en segunda posición, lo hará ante Federer.

Novak Djokovic se mide a su compatriota Janko Tipsarevic sin haber resuelto aún su clasificación. Tras la jornada, Berdych o él, sólo uno, acompañarán a Ferrer en el fin de semana decisivo de la ATP.

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* Por muy alta que sea una colina siempre hay un sendero hacia su cima.*
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